img_home_19
img_home_19
img_home_19
img_home_19
img_home_19
img_home_19
img_home_18
img_home_13
img_home_13
img_home_12
home2
img_home_11
img_home_7
img_home_5
img_home_8
previous arrow
next arrow
Shadow

Efemérides 03 de Agosto – Enrique “Mono” Villegas

Compartir

 

El pianista bohemio y noctámbulo que tocó el mejor jazz en Argentina

Un día como hoy pero de 1913 nacía Enrique Villegas, el más importante músico argentino de jazz.
Toda su familia era sanjuanina pero él nació en Charcas y Agüero, Barrio Norte, ciudad de Buenos Aires. En la misma manzana que el bandoneonista Aníbal Troilo y el pianista de folklore Adolfo Ábalos. Cursaba el año 1913. Su madre, Helena Reybaud, murió cuando él tenía seis meses y su padre, Enrique Ulises Villegas, odontólogo, abogado y escribano, devino en criador de gallos de riña y se alejó de la ciudad. Así que fue criado por sus tías.
Ingresó a la escuela primaria y al mismo tiempo inició su periplo en el Conservatorio de Música de Buenos Aires que dirigía el compositor Alberto Williams, en la calle Suipacha, frente a la casa de música Gurina (donde Villegas leía toda la música para piano) y a media cuadra de la Confitería del Gas, famoso rival gastronómico en facturas y masas de la Confitería del Molino.
Aprendió a descifrar música antes que a leer y escribir. En el Conservatorio aprendió las estructuras musicales del tango, el folklore y la música clásica y a los nueve años se encontró por primera vez con el jazz. Ingresó al Colegio Nacional Mariano Acosta pero su asistencia era deplorable. Se escabullía para estudiar piano. Como acostumbraba a decir, era «de nacionalidad pianista”. En cuarto año abandonó los estudios secundarios. Su rutina era ensayar nueve horas diarias. No abandonó el colegio por un vacío existencial. Lo hizo en forma consciente y eligió un rumbo que transitó el resto de su vida.
En 1932 estrenó el Concierto para piano, de Ravel, en el Teatro Odeón de Buenos Aires y a los meses tocó la versión original de Rapsodia en blue, de Gershwin, en el Consejo nacional de Mujeres. Dos mundos musicales. Un solo pianista. Una performance inigualable. En esa época descubrió a sus “maestros espirituales”: Art Tatum, Fats Waller, Duke Ellington y Louis Armstrong que marcarían su estilo futuro. Después incorporó otras influencias: Thelonious Monk y Bill Evans. No se privaba de nada al sumar a su paleta de sonidos fundantes.
Su envión se iba a ver interrumpido por el servicio militar. Pero cuando fue a la revisación médica lo declararon inepto. Entonces, distribuyó una tarjeta personal, que decía: “Enrique Villegas, sietemesino. Por eso, se salvó de la colimba”.
En 1935 consiguió su primer trabajo en el Alvear Palace Hotel, tocando junto al guitarrista Eduardo Armani. Después ingresó como músico en LR1 Radio El Mundo de donde sería cesanteado cuando expresó que la muerte de Ravel había sido más importante que la del Papa. Honestidad brutal. Despido asegurado.
En 1941 estrenó su obra Jazzeta, primer movimiento junto a Carlos García como solista y otros importantes músicos de jazz. En 1942 dirigió el concierto “Ideal de Jazz” en Radio Belgrano donde estrenó “Three O´Clock jump”. En 1943 formó una original banda -la Santa Anita Sextet-, con Panchito Cao en clarinete, para inaugurar la boite La Cigale y en 1944 formó Los punteros, junto a Juan Salazar en trompeta, Bebe Eguía en saxo tenor, Jaime Rodríguez Anido en guitarra, Nene Nicolini en contrabajo y Pibe Poggi en batería. No se detenía en formaciones musicales y experimentación. Mientras tanto, su fama crecía.
En 1949 hizo un parate con el jazz. Reemplazó a Horacio Salgán en el acompañamiento del dúo de música criolla Martínez-Ledesma y grabó temas folklóricos con los Hermanos Ábalos. En 1950 dio un recital de piano en el Teatro Odeón, de tres partes: la primera era de música criolla, la segunda eran obras de Brahms, Schuman, Ravel y Bartok, y la tercera eran temas de jazz. Un todoterreno.
En paralelo fue cofundador del Bob Club, un refugio de músicos y melómanos que miraban las nuevas tendencias en el jazz. Fijaron sus sentidos en el bebop, vanguardia jazzera traccionada por Charlie Parker, Dizzy Gillespie, Miles Davis, Thelonious Monk, John Coltrane, Horace Silver. Se juntaban lunes por medio en la sede del YMCA (Asociación Cristiana de Jóvenes) donde organizaban jam sessions con público, escuchaban discos que llegaban de EE UU y comentaban las novedades difundidas por Héctor Basualdo en la audición “Jazz Moderno” de Radio Splendid. En esa tribu abrevaban Rubén Barbieri, Leandro “Gato” Barbieri, Horacio “Chivo” Borraro, Jorge Navarro, Jorge González, Alfredo Remus, Alberto Casalla. Un seleccionado.
En 1955 fue contratado por la Columbia Records y se fue a vivir a Nueva York. Grabó un par de discos con Milt Hilton en bajo y Cozy Cole en batería. Cuando le propusieron tocar ritmos caribeños, declinó la oferta. Se dedicó a tocar en recintos pequeños y a frecuentar a músicos como Cole Porter, Count Basie, Louis Armstrong, Nat King Cole o Coleman Hawkins; en 1957 conoció a Duke Ellington en Cleveland. Magnetismo musical inmediato y mutua identificación jazzera.
Fueron años con un pasar económico muy austero pero de un intercambio notable. Vivió a café con leche y pan con manteca pero tocó jazz, fue regularmente a los variados circuitos de cine de Nueva York y se codeó con los maestros y colegas en su salsa. En 1963 realizó una serie de conciertos en Alemania, Francia y España y volvió a Nueva York a seguir trajinando con el jazz en estado puro. El día de su debut llegó con un contrabajista negro. Los dueños del lugar lo franquearon: “Negros, no”. “Entonces, no debuto». Al día siguiente, se embarcó y regresó a la Argentina. Era el año 1967.
Ya era un mito pero cercano y afable. A tal punto que en esa vuelta recibió su apodo de “Mono”. El periodista Rodolfo Arizaga, de Primera Plana, se lo puso por su apariencia pero él se burlaba de ese mote y contestaba que sería porque imitaba muy bien a los seres humanos. Dio varios conciertos con una estructura consolidada de trío. Primero lo acompañaron Jorge López Ruiz (contrabajo) y Carlos Casalla (batería), luego Alfredo Remus y Néstor Astarita y, finalmente, Oscar Alem y Osvaldo López.
Realizó grabaciones para el sello Trova y editó varios álbumes como En cuerpo y alma, Tributo a Monk, Metamorfosis, Porgy & Bess, Encuentro, Inspiración (junto al saxofonista Ara Tokatlian), Baladas de amor, 60 años, 3-8-73 y Tributo a Jerome Kern (Aleluya Records). Abrió un boliche en Viamonte, entre Talcahuano y Uruguay que llamó “Villegas y sus amigos”, tocaba entre la una treinta y las tres de la madrugada. Lo cerraron por ruido molestos según rezaba el acta de clausura. En 1971 fue el primer músico de jazz en tocar en el Teatro Colón. Ejecutó “Rhapsody in blue” con la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires dirigida por Pedro Ignacio Calderón.
En 1974 repitió la performance en el estadio de Velez Sarsfield ante 20.000 espectadores y en 1975 volvió al Teatro Colón pero esta vez en solo de piano un recordado repertorio jazzero. Finalizó sus actuaciones en La Peluquería de San Telmo, era un refugio íntimo, agradable, digno. Amigo de Macedonio Fernández, Jorge Luis Borges, Xul Solar, Astor Piazzolla.
Un personaje entrañable, un maestro de la ironía. Utilizaba las entrevistas como pequeños géneros literarios provocadores. Mordaz, divertido, austero, disciplinado en su métier, quejoso por la falta de buenos pianos en nuestra tierra, cauto, agnóstico y de convicciones firmes.
El día de su muerte, un contrabajista envió un sentido telegrama: «Enrique, que descanses en Jazz». Esa música fue su motor en la vida.
Otro diferente y nuestro. Un indispensable en nuestra popular…

Ruben Ruiz
Secretario General 


Compartir
Volver arriba